LA TOMA DE CULIACÁN: “LA FIESTA DE LAS BALAS”

Hay muchos testimonios del llamado Jueves Negro en aquel Culiacán enloquecido, del pasado 17 de octubre, cuando la autoridad desapareció de nuestras vidas y fuimos entregados al desorden y al caos.

Este es uno más. No le quito ni le pongo. Es una entrevista a Alfredo N., en su camino del trabajo a su casa, al norte de la ciudad, en auto, al pasar por el Estadio de Dorados, en la zona donde dicen que estuvo el epicentro del desmadre: la Zona Cero.

COLATERAL SINALOA/ Benigno Aispuro

Estadio de los Dorados, la Zona Cero.

Hay muchos testimonios del llamado Jueves Negro en aquel Culiacán enloquecido, del pasado 17 de octubre, cuando la autoridad desapareció de nuestras vidas y fuimos entregados al desorden y al caos.
Este es uno más. No le quito ni le pongo. Es una entrevista a Alfredo N., en su camino del trabajo a su casa, al norte de la ciudad, en auto, al pasar por el Estadio de Dorados, en la zona donde dicen que estuvo el epicentro del desmadre: la Zona Cero.

LOS PRIMEROS INDICIOS
“Iba por la avenida Lola Beltrán, desde la UADEO, pero de pronto el tráfico se puso lento. Agarré el carril lateral, y antes de llegar al semáforo (restaurant Tai Pak) vi una camioneta Ford, sin placas, atravesada y con las puertas abiertas. Pensé en un accidente, pero ya que miré bien pensé en un atentado.
A un lado, al fondo de una placita, vi una patrulla, muy discretona.
Un tráiler maniobró para esquivar a la Ford y aproveché para cambiar de carril, y me fui hacia la avenida Enrique Cabrera, y al llegar al cruce con Félix Castro (ya en Infonavit Humaya), me rebasaron dos camionetas medio sospechosas, y atrás una ambulancia y más atrás una patrulla.
En el semáforo que está por el Estadio de Dorados (donde la Cabrera se convierte en Universitarios), miré a un chavalo pegado a su celular.
–¡Oiga, compa, están buenas las balaceras p’allá pal lado de la Obregón!—me dijo.
-¿Balaceras?- me sorprendió pues no sabía nada.
-Sí- dijo, mostrando su celular. Rato después quedaríamos los dos varados por tres horas.
Al pasar el estadio el tráfico se hizo más lento, y fue cuando empecé a oír ráfagas, algo lejanas.

LA DESESPERACIÓN
“Cuando cruzaba el puente sobre el Río Humaya, vi a un plebe muerto allí tirado, con un cuerno al lado y su pechera. Fue cuando pensé: ‘¡Ah canijo, hubo un agarre!’
Y seguí oyendo balazos allá lejos.
De repente vi carros que se querían regresar. Del carril contrario llegaron unas camionetas y se bajó un amigo con un rifle, se tiró al piso y empezó a disparar, ¡pum pum, pum! (Creo que es el que aparece en un video).
Me dio mucho miedo porque estaba en mero delante.
Al ratito vi venir otra camioneta y el tipo se encaramó y se fueron pa’l lado del estadio.
Fue cuando empezó el caos y toda la gente quiso reversear. Los que podían lo hicieron pero yo no alcanzaba y dije ¡y ora qué hago!
Iba a bajar del carro y dejarlo allí, pero vi que el muchacho que me dijo de la balacera se metía al patio de la gasera Sony Gas, a un lado. Di la vuelta en U y me metí también.
–¡Métanse, métanse!- nos gritó el encargado desde un cuartito. Cuando me metía, vi militares pertrechados a lo lejos, pecho a tierra, y arreció la tracatera por todos lados.
Éramos cuatro nada más.

Puente que cruza el Río Humaya, la zona cero

EL HELICOPTERO
“Lo que más nos asustó fue cuando llegó el helicóptero, que se vino desde el sur, por la orilla del río, y al llegar p’al lado de nosotros, empezó a rafaguear hacia la arboleda del río, desde donde le disparaban también porque creo que en esa área había mucho pistoleros, que venían desde el camino que va a Mojolo.
Alguien dijo que en un vivero cercano a la Facultad de Medicina había muchos, y que se refugiaron entre los árboles del río.
Dicen que les mataron mucha gente. Porque el helicóptero rociaba miles de tiros hacia los árboles. ¡Como nunca había oído! ¡Una cosa ensordecedora!
Desde donde estaba se miraba agitarse la arboleda con los disparos, como en un temblor.
–¡Híjole! –Dijo el de la gasera- ¡A como nos llegue a pegar un tiro, volamos todos!
-¡N’ombre, no diga eso! ¡Ya ve como estamos!- le dijimos.

LOS REFUGIADOS
“Empezó a llegar más gente. Era un cuartito de 3×3, y ya éramos como diez adentro.
Llegó un muchacho con dos niños que lloraban mucho.
Había otro que cada rato entraba y salía a mitotear.
Una señora que iba a su trabajo al Centro de Ciencias, estaba en shok la pobre.
Como a la hora y media llegó un amigo de un Uber con una chamaca, desde la Facultad de Medicina. Nos extrañó porque esa mañana se habían suspendido las clases por aviso de tormentas, que no llegaron. Y qué bueno, porque si no el desmadre hubiera sido mayor. Lo que sí llovieron fueron balas.
–Es que aprovechamos la tarde para hacer tareas- dijo la chica-. Oí los balazos, por eso llamé el Uber, y llegó…
La escuela está cerca y se vinieron entre malandros armados, que les apuntaban mientras intercambiaban balas con los soldados.
Se metieron a la gasera porque no les quedó de otra, pues empezaron a quemar camiones para tapar las calles, y ya no hubo modo de irse, si no el del Uber ahí anduviera todavía.
Durante la balacera, este muchacho entraba y salía cada rato del cuartito.
–Es que padezco claustrofobia- explicó.

GENTE EN SHOCK Y REZANDO
“Yo estaba en la puerta que, igual que las ventanas, eran de seguridad, pero por sí o por no, estábamos pecho a tierra.
Había un abaniquito que le poníamos a la señora y a los niños, porque hacía mucho calor.
Rato después llegó al patio un muchacho que venía en estado de shock: ¡Totalmente bloqueado! Se fue hacia la malla que rodeaba el patio, arañándola como queriendo subirse, y cuando sonaban las ráfagas, nomás se churía el pobre, haciéndose bolita!
–¡Hey, vente! – le eché gritos. Nomás se nos quedaba viendo todo pasmado, sin dar con bola. Estaba todo bañado en sudor, temblando y sin poder hablar. Era delgado, medio calvo, de barbita, como de 30 años.
Para sacarlo del marasmo, un señor muy escandaloso trataba de hacerlo hablar, y otro le dio agua de un termo que traía, con lo que se mejoró un poquito.
–No se preocupe, no va a pasar nada, es cosa de ellos- le decíamos pa que se calmara.
Cuando logró hablar, decía incoherencias. Nos dijo que trabajaba en un restorán y que iba al City Club a comprar algunas cosas, mientras la señora del Centro de Ciencias no paraba de rezar.

¡EL PURO MIEDO!
“En un grupo familiar de wasap estuvimos diciendo donde estaba cada quien y cuando les dije dónde estaba, me atosigaron con mensajes, que me saliera de allí. ¡Pos si pudiera!, les decía, pero dejé de hablar porque se me descargó el celular.
Los que traían saldo y carga nos leían los mensajes: que dicen esto, que aquello, y que no salgan porque están agarrando a la gente como escudo. ¡El puro miedo!
Me asomé y miré humo negro por todas partes. Al gasero le valía madre y se salía cada rato a mirar, y nos dijo que estaban quemando camiones.
Entonces, vimos más allá dos camiones parados, del ISSSTESIN y del Bachigualato- CU, llenos de gente, todos en estado de shock, que no hacían por bajarse, aunque algunos sí se metieron a un negocio de vitropisos cercano.
Ya noche se oían lejos los tiros, y decidí irme. Una señora que, pobrecita, estaba medio desmayada, me pidió raite y le dije ‘súbase’, sin decir ni a dónde.
Me fui al Estadio, y luego hacia el Salón 53, pero p’allá había balacera, y a como pude agarré la Josefa Ortiz, que era un caos; esquivando carros, porque mucha gente los abandonó a media calle: Encendidos o abiertos o con las luces prendidas.
Vi gentes como en shock hablando por sus celulares y de prisa.

UNA CIUDAD DESOLADA
“Y cuando iba como en la Josefa y Sánchez Alonso, a los 50 metros vi militares y policías, y vi que arrancó toda la gente y empezó otra balacera.
Me quise ir hacia la Fiscalía, pues quería llegar a mi casa, con mi familia, a como diera lugar, pero mejor retrocedí.
–No, pos no puedo – les dije a mis acompañantes-. Me voy a casa de una tía, aquí en Infonavit.
A la pobre señora la dejé en un Wall Mart y al amigo lo bajé en el Infonavit, y me resguardé con mi tía, donde un tío que ya estaba allí, decidió irse pero a los 20 minutos regresó: ‘¡N’hombre, está cabrón!’, dijo.
Y es que, aunque ya no había enfrentamientos andaban los malandros haciendo sus recorridos, y por la Félix Castro se veían las caravanas, y frente al estadio Dorados estaba lleno de policías.
Por allá estaba un primo que no se pudo meter por ese lado.
A las 8 y media, ya que recargué un poco el celular, me fui hacia el centro, dando un largo rodeo. La ciudad estaba desolada.
Llegué a casa como a las 9 y media o 10 de la noche.
Además del muerto que miré en el puente, después miré a otro junto con él, y a otro en una Toyota, que yo digo que son los que salen en un video gritando “¡Hey, allá está, tírale!”

OTRO DIA
“”Otro día, quise ir al trabajo ya tarde, y vi todo solo. Los carros quemados y algunas gentes que juntaban casquillos, pues había por miles.
Ya el domingo miré algunos velorios en el barrio y por lo menos de uno supe que era de los morros que andaban en esas cosas.
Después me dijo un compañero del trabajo, quien sepultó a su papá ese mediodía y ese día se le murió también un tío, que se lo iban a entregar ese jueves a las tres, para ir a recogerlo, pero le hablaron hasta pasadas las 9 de la noche.
Los de la funeraria le dijeron que se les cargó el trabajo, pues estuvieron llegando carros de pistoleros con sus muertos, y tras pagar el servicio, les decían: “Ahí después van a venir sus familias por ellos”.
Me tocó ver más velorios en la zona y oír, por conocidos, de muchos que hubo en los ranchos de p’arriba, pero ya son cosas que no me constan”.

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