¿Dónde está Javier Torres?

El 14 de febrero del 2001, un comando integrado por al menos 15 gatilleros ejecutó a 12 personas, entre ellas a dos menores, en El Limoncito de Alayá, Cosalá. Esa masacre marcó el inicio de una de las etapas más cruentas en la historia reciente del narcotráfico durante la cual víctimas inocentes han quedado en medio del fuego cruzado del narco, alimentada por la impunidad que prevalece hasta nuestros días.

Culiacán, Sinaloa.- Lo último que alcanzó a ver el campesino Carlos Beltrán Villegas fue a su mujer embarazada y a sus pequeños hijos llorando. Tres hombres vestidos de militar con pasamontañas negros lo llevaban escoltado. Los fusiles AK-47 apuntaban a la cabeza y Carlos supo entonces que iba a morir; por eso todavía volteó y dijo a las mujeres que espantadas veían como sacaban a sus hombres de las casas: “Si la Araceli se pone mal, les pido que la ayuden y la lleven al doctor”.

Sus tres hijos corrieron detrás de él. Los matones voltearon las armas hacia ellos y dijeron: “ustedes háganse pa’lla, quítense de aquí”; y los empujaron con los rifles. Carlos, de 35 años, todavía desde la camioneta volteaba a ver a sus hijos y a su Araceli embarazada: fue lo último que vio antes de caer destrozado por las balas.

Crescencio Torres León también supo que iba a morir, aún así se la jugo y gritó: “compas nos van a matar”. Saltó de la camioneta de redilas doble rodado, hasta donde fue llevado junto con otros ocho campesinos, dos niños y cuatro albañiles, y corrió en dirección hacia el río. No tuvo suerte, el destino estaba echado: tres paramilitares empezaron a disparar con los cuernos de chivo.

Chencho, como le decían en el pueblo, avanzó 10 metros y luego se dobló. Cayó al suelo y quedó junto a un arbolito que apenas retoñaba. Viendo al cielo.

“Chencho” fue el cadáver número 12 que peritos de la Procuraduría General de Justicia del Estado marcaron horas después de la masacre en El Limoncito de Alayá, pueblo ubicado al poniente del camino de terracería que va de la carretera Sanalona a la presa El Comedero, a 70 kilómetros de Culiacán.

En esa comisaría de Cosalá, el 14 de febrero del 2001, un comando integrado por al menos15 gatilleros ejecutó a 12 personas -entre ellas a dos menores- e hirió a tres más. También allí, a raíz de la matanza, los sobrevivientes, principalmente mujeres, niños y ancianos, abandonaron sus casas: El pueblo quedó solo.

“Los matadores” en la Loma del Juste

Tres días antes, 15 sombras empiezan a subir la Loma del Juste: son “los matadores” los que “cayeron como un rayo”, como “lumbre del cielo”, diría días después Angelina Beltrán, hermana de Carlos y José María, mientras recogía las pocas pertenencias de las viudas y de los muertos.

Desde ese cerro se domina el valle ubicado a orillas de un río seco.

Desde allí se ve El Cajoncito y también El Limoncito de Alayá, separados uno de otro apenas por 4 kilómetros. También los caminos por donde van y vienen los campesinos de esa zona.

En el Cajoncito se encuentra el rancho propiedad de Javier Torres, quien, según información militar, está involucrado en el tráfico de drogas y pertenece al cártel de Sinaloa. Sobrevivientes lo niegan, dicen que no que: “es una buena persona”, “que ayuda mucho a la gente”. “Que se dedica a la agricultura y a la ganadería” igual que ellos y que “es rico por la herencia de sus abuelos y de sus padres”. En El Limoncito vivían muchos de sus familiares.

Las sombras se ocultan entre los árboles, una de ellas, vestida de civil, va al mando. Esperan pacientes la orden de bajar, de caer como “rayo” como “lumbre” sobre el pueblo. Cubren sus rostros con pasamontañas negros y sus cuerpos con uniformes verdes camuflados. En sus manos llevan fusiles AK-47 y rifles AR-15, y en sus mentes sólo la idea fija de matar.

14 de febrero: Día de los enamorados, día de la matanza en El Limoncito

Las sombras bajaron junto con la tarde de ese 14 de febrero. Primero cayeron en El Cajoncito donde sorprendieron a los albañiles: Isidro Zazueta Beltrán, Isabel Ramírez Sánchez, Francisco Amilda Hernández, y Florentino Jiménez Díaz; todos ellos trabajaban en la construcción de la finca de Los Torres.

Las sombras apuntan con las armas y preguntan por Javier. Los albañiles no saben dónde está el patrón. Las sombras los amarran y los suben en una camioneta, propiedad de uno de los trabajadores. Siempre apuntando con las armas. Enfilan por el río, hacia El Limoncito, seguidos por una Suburban, también de color verde.

Humberto Torres Félix, de 64 años, y otros dos campesinos campeaban sus vacas a orillas del arroyo seco a escasos 500 metros de El Limoncito.

De pronto, los campesinos observan como dos camionetas bajan por el río. Dos de ellos se espantan y dicen “vámonos, corran”; pero Humberto dice: “no, no tengan miedo, parece que es Javier y su gente”. Las camionetas se acercan. Dos campesinos intuyen, presienten y corren hacia el cerro: eso les salvará la vida. Aún así, las sombras disparan contra ellos.

Varios hombres bajan de las unidades. Someten a Humberto, lo atan de las manos y lo suben a la camioneta donde llevan a los albañiles.

Después, continúan hacia El Limoncito.

Día de San Valentín, día del comisario

El comisario Valentín Beltrán Arechiga celebró ese día su cumpleaños número 48 matando un “cochito”. Invitó a todos los habitantes del poblado, quienes desde temprana hora se dieron cita en la casa de su hermano Salvador. Hasta allí llegaron todos los habitantes: hombres, mujeres, ancianos y niños. También llegaron varios de El Palmarito, como Crisóforo López Torres, de 57 años.

“Así somos aquí, cuando alguien mata un  cochito, un chivo o una vaca, invitamos a todos. Somos muy unidos”, dijeron las mujeres que sobrevivieron a la matanza.

Durante la comida se sirvieron carnitas y chicharrones; no faltó quien llevó los “cuartitos” de cerveza y una botella de mezcal “El Costeño”, pa’l desempance. Y es que la carne de cochi es muy pesada, apenas con un “piquete” baja, dijo uno de ellos.

Valentín y sus invitados comieron y bebieron. Disfrutaron del festín.

No era para menos, acostumbrados a comer frijoles y tortillas de maíz todo los días, nadie quiso perderse el suculento cochi que se freía en el cazo. Allí estuvieron todos. Algunos hasta la tarde, a las 17:30 horas, hora en que los “matadores” cayeron como “un rayo” “como lumbre del cielo”.

LA MASACRE.

Los “matadores” se dividieron en dos grupos y rodearon el pueblo. Unos llegaron primero a casa del comisario. Allí agarraron a Valentín, a Salvador, y a “Chencho”; después a Crisóforo. Ellos estaban todavía celebrando el cumpleaños y donde estaban era la primera casa cercana al arroyo.

Todos vieron a los hombres vestidos de verde y pensaron que era “gobierno”, que eran soldados, por eso casi nadie corrió. El que comandaba vestido de civil ordenó en voz baja: “órale, nada más a los puros hombres, a todos, sáquenlos y llévenlos pa’lla, p’al centro del pueblo, rápido”.

Las sombras llegan a todas las casas, buscan a los hombres, preguntan por Javier Torres y buscan las armas. Preguntan: “¿Dónde está Javier Torres?”, “¿Dónde están las armas? ¿Dónde los cuernos de chivo?”. Y como respuesta sólo un “no está aquí; no hay armas. Sólo nuestras 22 para venadear”.

Varios paramilitares llegan a casa de Ramón Beltrán. Lo sacan a empujones y apuntan con sus armas directo a la cabeza. También se llevan a Federico, su hijo, un menor que apenas el 5 de febrero cumplió los 14 años. También quieren llevarse a otro menor, pero la madre implora. Doña Concepción abraza a su hijo. “Está enfermo”, dice a los hombres que cree son “el gobierno”. Una de las sombras ordena: “déjalo, no sirve”.

Luego fueron a casa de don Gabriel Beltrán, aquel anciano que estaba desyerbando su frijol cuando pasó todo y quien un día después de la matanza era el único que cuidaba el pueblo mientras las mujeres velaban a los muertos en Culiacán.

Allí sacaron a los hermanos José María y  Carlos Beltrán. Después se fueron sobre Jesús Torres León y su hijo Rubén o “Humito”, el otro menor de 13 años.

Las mujeres y los niños intentan seguir a sus hombres, los “matadores” apuntan con sus armas y ordenan: “¡Ustedes quédense allí!. ¡No se muevan!”.

Desde las casas las mujeres ven como las sombras se llevan a sus hombres hacia el matadero sin poder hacer nada. Desde allí ven como, uno a uno, los campesinos van subiendo a una camioneta de redilas blancas.

Y desde la camioneta los campesinos ven como El Limoncito de Alayá se va quedando solo: atrás se quedan sus casas de adobe y sus techos de teja; sus cercas de palo de Brasil y sus calles limpias y adornadas con piedras pintadas de blanco.

Desde allí, lo último que alcanzaron a ver los campesinos fue a sus mujeres y a sus niños llorando; después… a sus viudas y a sus huérfanos.

Fotografía: Juan Carlos Cruz / Contraluz

La muerte de un pueblo…

Cuando el comandante de la Policía Municipal de Las Tapias vio acercarse una camioneta a toda velocidad por el camino que baja de la presa El Comedero, presintió que algo malo pasaba. Los policías le marcaron el alto al chofer y éste tuvo que frenar bruscamente.

El chofer llevaba heridos en la caja de una Ford pickup a los albañiles Francisco Amilda Hernández, Florentino Jiménez Díaz, y  al campesino Crisóforo López Torres.

Nervioso y desesperado, el chofer explicó en forma atropellada que venía de El Limoncito de Alayá donde hubo una balacera y que había dos albañiles muertos, además de los heridos que llevaba. El conductor en su confusión, ignoraba la dimensión del hecho. Él solo se limitó a auxiliar a los heridos que bajaron de la camioneta de redilas por sus propios pies. Eran las 19:00 horas de aquel trágico 14 de febrero.

El comandante avisó a la central de la Policía Municipal de Culiacán y recibió la orden de que le abriera paso a la camioneta hasta la ciudad para trasladar a los heridos a un hospital. Una ambulancia también salió para interceptarlos.

A la luz de la cachimba

La primera imagen entre lo oscuro de la noche fue una cachimba que alumbraba en medio del pueblo, junto a una camioneta blanca de redilas, y un silencio y una soledad enormes. Ya después, el silencio sería roto por unas cuantas voces y una de las patrullas de la Policía Ministerial, que lo rompió con el ruido del motor.

Los agentes dieron vueltas por la camioneta de redilas buscando a los dos albañiles muertos que según decían había en este pueblo. Nada, no se veía nada más que la camioneta cerrada con redilas, con una puerta de la cabina abierta, con un cristal destrozado por las balas y una cachimba alumbrando a su lado.

Uno de los agentes se perdió entre las casas del pueblo que permanecía a oscuras; platicó con las mujeres; regresó, subió por el estribo frontal de la camioneta cerrada con redilas y con una pequeña lámpara alumbró hacia dentro de la caja de la unidad. Después bajó casi de un brinco y con un rostro blanco le dijo al comandante de la ministerial: “¡comandante, es cierto lo que nos dijeron las mujeres!”.

El comandante se dirigió hacia la parte trasera de la camioneta y corrió la puerta de la redila. El golpe en los ojos de todos fue seco: allí estaban 11 cadáveres apilados, uno encima de otro, con los ojos abiertos. A 10 metros otro campesino muerto: era Chencho.

La voz del comandante se escuchó lamentar lo sucedido. Después el llanto de las mujeres y los niños inundaría el silencio del pueblo.

Contarían entre tristeza y sollozos, cómo fue que sacaron a sus hombres a punta de fusil, cómo los subieron a la camioneta, y cómo dispararon contra ellos. Incluso, dirían, todavía uno de los “matadores” subió a la parte alta de la redila y los remató.

Después, narrarían, cuando el comando abandonó el pueblo y con el temor todavía a flor de piel, varias de las mujeres subieron a la camioneta con la esperanza de encontrar aún con vida a sus esposos, pero no, nada pudieron hacer, la muerte había llegado como “lumbre del cielo”. Ya después vendría el éxodo.  

Nota: Este trabajo periodístico se publicó originalmente en la Revista Cambio XXI que dirigía el periodista Óscar Rivera y en el periódico El Debate de Culiacán, en febrero del 2001. Un año después, el autor ganó con esta crónica el Premio Nacional de Periodismo.

 

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