¿DÓNDE ESTÁ JAVIER TORRES?

Hoy se cumplen 18 años de la masacre de 12 campesinos en El Limoncito de Alayá, y ninguno de los autores ha sido detenido. Esa matanza marcó el inició de una nueva etapa en la historia del narcotráfico en Sinaloa y en México, y el Limoncito se convirtió en uno de los primeros poblados en “desaparecer” por la disputa entre los cárteles de la droga. A 18 años el caso sigue impune. Esta es la crónica y la memoria gráfica de esos tiempos violentos que se han extendido hasta nuestros días.

Culiacán, Sinaloa.- Lo último que alcanzó a ver el campesino Carlos Beltrán Villegas fue a su mujer embarazada y a sus pequeños hijos llorando. Tres hombres vestidos de militar con pasamontañas negros lo llevaban escoltado. Los fusiles AK-47 apuntaban a la cabeza y Carlos supo entonces que iba a morir; por eso todavía volteó y dijo a las mujeres que espantadas veían como sacaban a sus hombres de las casas: “Si la Araceli se pone mal, les pido que la ayuden y la lleven al doctor”.

Sus tres hijos corrieron
detrás de él. Los matones voltearon las armas hacia ellos y dijeron:
“ustedes háganse pa’lla, quítense de aquí”; y los empujaron con los
rifles. Carlos, de 35 años, todavía desde la camioneta volteaba a ver a sus
hijos y a su Araceli embarazada: fue lo último que vio antes de caer destrozado
por las balas.

Crescencio Torres León
también supo que iba a morir, aún así se la jugo y gritó: “compas nos van a
matar”. Saltó de la camioneta de redilas doble rodado, hasta donde fue llevado
junto con otros ocho campesinos, dos niños y cuatro albañiles, y corrió en dirección
hacia el río. No tuvo suerte, el destino estaba echado: tres paramilitares
empezaron a disparar con los cuernos de chivo.

Chencho, como le decían en el
pueblo, avanzó 10 metros y luego se dobló.

Cayó al suelo y quedó junto a
un arbolito que apenas retoñaba. Viendo al cielo.

“Chencho” fue el
cadáver número 12 que peritos de la Procuraduría General de Justicia del Estado
marcaron horas después de la masacre en El Limoncito de Alayá, pueblo ubicado
al poniente del camino de terracería que va de la carretera Sanalona a la presa
El Comedero, a 70 kilómetros de Culiacán.

En esa comisaría de Cosalá,
el 14 de febrero del 2001, un comando integrado por al menos15 gatilleros
ejecutó a 12 personas -entre ellas a dos menores- e hirió a tres más. También
allí, a raíz de la matanza, los sobrevivientes, principalmente mujeres, niños y
ancianos, abandonaron sus casas: El pueblo quedó solo.

Sobrevivientes de la matanza colocaron cruces en las rejas de la vivienda, frente a la cual quedó la camioneta con 11 de los 12 cadáveres de los campesinos masacrados.

“Los matadores” en la Loma del Juste

Tres días antes, 15 sombras
empiezan a subir la Loma del Juste: son “los matadores” los que
“cayeron como un rayo”, como “lumbre del cielo”, diría días
después Angelina Beltrán, hermana de Carlos y José María, mientras recogía las
pocas pertenencias de las viudas y de los muertos.

Desde ese cerro se domina el
valle ubicado a orillas de un río seco.

Desde allí se ve El Cajoncito
y también El Limoncito de Alayá, separados uno de otro apenas por 4 kilómetros.
También los caminos por donde van y vienen los campesinos de esa zona.

En el Cajoncito se encuentra
el rancho propiedad de Javier Torres, quien, según información militar, está
involucrado en el tráfico de drogas y pertenece al cártel de Sinaloa.
Sobrevivientes lo niegan, dicen que no que: “es una buena persona”,
“que ayuda mucho a la gente”. “Que se dedica a la agricultura y
a la ganadería” igual que ellos y que “es rico por la herencia de sus
abuelos y de sus padres”. En El Limoncito vivían muchos de sus familiares.

Las sombras se ocultan entre
los árboles, una de ellas, vestida de civil, va al mando. Esperan pacientes la
orden de bajar, de caer como “rayo” como “lumbre” sobre el
pueblo. Cubren sus rostros con pasamontañas negros y sus cuerpos con uniformes
verdes camuflados. En sus manos llevan fusiles AK-47 y rifles AR-15, y en sus
mentes sólo la idea fija de matar.

El Limoncito de Alayá era un pueblo pintoresco de a geografía sinaloense

14 de febrero: Día de los enamorados, día de la
matanza en El Limoncito

Las sombras bajaron junto con
la tarde de ese 14 de febrero. Primero cayeron en El Cajoncito donde
sorprendieron a los albañiles: Isidro Zazueta Beltrán, Isabel Ramírez Sánchez,
Francisco Amilda Hernández, y Florentino Jiménez Díaz; todos ellos trabajaban
en la construcción de la finca de Los Torres.

Las sombras apuntan con las
armas y preguntan por Javier. Los albañiles no saben dónde está el patrón. Las
sombras los amarran y los suben en una camioneta, propiedad de uno de los
trabajadores. Siempre apuntando con las armas. Enfilan por el río, hacia El
Limoncito, seguidos por una Suburban, también de color verde.

***

Humberto Torres Félix, de 64
años, y otros dos campesinos campeaban sus vacas a orillas del arroyo seco a
escasos 500 metros de El Limoncito.

De pronto, los campesinos
observan como dos camionetas bajan por el río. Dos de ellos se espantan y dicen
“vámonos, corran”; pero Humberto dice: “no, no tengan miedo,
parece que es Javier y su gente”. Las camionetas se acercan. Dos
campesinos intuyen, presienten y corren hacia el cerro: eso les salvará la
vida. Aún así, las sombras disparan contra ellos.

Varios hombres bajan de las
unidades. Someten a Humberto, lo atan de las manos y lo suben a la camioneta
donde llevan a los albañiles.

Después, continúan hacia El
Limoncito.

El lugar en donde quedó la camioneta de redilas

Día de San Valentín, día del comisario

El comisario Valentín Beltrán
Arechiga celebró ese día su cumpleaños número 48 matando un
“cochito”. Invitó a todos los habitantes del poblado, quienes desde
temprana hora se dieron cita en la casa de su hermano Salvador. Hasta allí
llegaron todos los habitantes: hombres, mujeres, ancianos y niños. También
llegaron varios de El Palmarito, como Crisóforo López Torres, de 57 años.

“Así somos aquí, cuando
alguien mata un  cochito, un chivo o una
vaca, invitamos a todos. Somos muy unidos”, dijeron las mujeres que sobrevivieron
a la matanza.

Durante la comida se
sirvieron carnitas y chicharrones; no faltó quien llevó los
“cuartitos” de cerveza y una botella de mezcal “El
Costeño”, pa’l desempance. Y es que la carne de cochi es muy pesada,
apenas con un “piquete” baja, dijo uno de ellos.

Valentín y sus invitados
comieron y bebieron. Disfrutaron del festín.

No era para menos,
acostumbrados a comer frijoles y tortillas de maíz todo los días, nadie quiso
perderse el suculento cochi que se freía en el cazo. Allí estuvieron todos.
Algunos hasta la tarde, a las 17:30 horas, hora en que los “matadores”
cayeron como “un rayo” “como lumbre del cielo”.

Un día después de la matanza, militares inspeccionan la casa del comisario Valentín Beltrán Aréchiga

El entonces general de la Tercera Región Militar, Enrique Salgado Cordero, observa una fotografía de Javier Torres Félix, uno de los líderes del Cártel de Sinaloa. La foto fue hallada en la finca de El Cajoncito.

La masacre

Los “matadores” se
dividieron en dos grupos y rodearon el pueblo. Unos llegaron primero a casa del
comisario. Allí agarraron a Valentín, a

Salvador, y a
“Chencho”; después a Crisóforo. Ellos estaban todavía celebrando el
cumpleaños y donde estaban era la primera casa cercana al arroyo.

Todos vieron a los hombres
vestidos de verde y pensaron que era “gobierno”, que eran soldados,
por eso casi nadie corrió. El que comandaba vestido de civil ordenó en voz
baja: “órale, nada más a los puros hombres, a todos, sáquenlos y llévenlos
pa’lla, p’al centro del pueblo, rápido”.

Las sombras llegan a todas
las casas, buscan a los hombres, preguntan por Javier Torres y buscan las
armas. Preguntan: “¿Dónde está Javier Torres?”, “¿Dónde están las armas?
¿Dónde los cuernos de chivo?”. Y como respuesta sólo un “no está
aquí; no hay armas. Sólo nuestras 22 para venadear”.

Varios paramilitares llegan a
casa de Ramón Beltrán. Lo sacan a empujones y apuntan con sus armas directo a
la cabeza. También se llevan a Federico, su hijo, un menor que apenas el 5 de
febrero cumplió los 14 años. También quieren llevarse a otro menor, pero la
madre implora. Doña Concepción abraza a su hijo. “Está enfermo”, dice
a los hombres que cree son “el gobierno”. Una de las sombras ordena:
“déjalo, no sirve”.

Luego fueron a casa de don
Gabriel Beltrán, aquel anciano que estaba desyerbando su frijol cuando pasó
todo y quien un día después de la matanza era el único que cuidaba el pueblo
mientras las mujeres velaban a los muertos en Culiacán.

Allí sacaron a los hermanos
José María y  Carlos Beltrán. Después se fueron
sobre Jesús Torres León y su hijo Rubén o “Humito”, el otro menor de
13 años.

Las mujeres y los niños
intentan seguir a sus hombres, los “matadores” apuntan con sus armas
y ordenan: “¡Ustedes quédense allí!. ¡No se muevan!”.

Desde las casas las mujeres
ven como las sombras se llevan a sus hombres hacia el matadero sin poder hacer
nada. Desde allí ven como, uno a uno, los campesinos van subiendo a una
camioneta de redilas blancas.

Y desde la camioneta los
campesinos ven como El Limoncito de Alayá se va quedando solo: atrás se quedan
sus casas de adobe y sus techos de teja; sus cercas de palo de Brasil y sus
calles limpias y adornadas con piedras pintadas de blanco.

Desde allí, lo último que
alcanzaron a ver los campesinos fue a sus mujeres y a sus niños llorando;
después… a sus viudas y a sus huérfanos.

La muerte de un pueblo…

Cuando el comandante de la
Policía Municipal de Las Tapias vio acercarse una camioneta a toda velocidad
por el camino que baja de la presa El Comedero, presintió que algo malo pasaba.
Los policías le marcaron el alto al chofer y éste tuvo que frenar bruscamente.

El chofer llevaba heridos en la caja de una Ford pickup a los albañiles Francisco Amilda Hernández, Florentino Jiménez Díaz, y  al campesino Crisóforo López Torres.

Nervioso y desesperado, el
chofer explicó en forma atropellada que venía de El Limoncito de Alayá donde
hubo una balacera y que había dos albañiles muertos, además de los heridos que
llevaba. El conductor en su confusión, ignoraba la dimensión del hecho. Él solo
se limitó a auxiliar a los heridos que bajaron de la camioneta de redilas por
sus propios pies. Eran las 19:00 horas de aquel trágico 14 de febrero.

El comandante avisó a la
central de la Policía Municipal de Culiacán y recibió la orden de que le
abriera paso a la camioneta hasta la ciudad para trasladar a los heridos a un
hospital. Una ambulancia también salió para interceptarlos.

Camino que lleva a El Limoncito de Alayá, en Cosalá

A la luz de la cachimba

La primera imagen entre lo
oscuro de la noche fue una cachimba que alumbraba en medio del pueblo, junto a
una camioneta blanca de redilas, y un silencio y una soledad enormes. Ya
después, el silencio sería roto por unas cuantas voces y una de las patrullas
de la Policía Ministerial, que lo rompió con el ruido del motor.

Los agentes dieron vueltas
por la camioneta de redilas buscando a los dos albañiles muertos que según
decían había en este pueblo. Nada, no se veía nada más que la camioneta cerrada
con redilas, con una puerta de la cabina abierta, con un cristal destrozado por
las balas y una cachimba alumbrando a su lado.

Uno de los agentes se perdió
entre las casas del pueblo que permanecía a oscuras; platicó con las mujeres;
regresó, subió por el estribo frontal de la camioneta cerrada con redilas y con
una pequeña lámpara alumbró hacia dentro de la caja de la unidad. Después bajó
casi de un brinco y con un rostro blanco le dijo al comandante de la
ministerial: “¡comandante, es cierto lo que nos dijeron las
mujeres!”.

El comandante se dirigió
hacia la parte trasera de la camioneta y corrió la puerta de la redila. El
golpe en los ojos de todos fue seco: allí estaban 11 cadáveres apilados, uno
encima de otro, con los ojos abiertos. A 10 metros otro campesino muerto: era
Chencho.

La voz del comandante se
escuchó lamentar lo sucedido. Después el llanto de las mujeres y los niños
inundaría el silencio del pueblo.

Contarían entre tristeza y
sollozos, cómo fue que sacaron a sus hombres a punta de fusil, cómo los
subieron a la camioneta, y cómo dispararon contra ellos. Incluso, dirían,
todavía uno de los “matadores” subió a la parte alta de la redila y
los remató.

Después, narrarían, cuando el comando abandonó el pueblo y con el temor todavía a flor de piel, varias de las mujeres subieron a la camioneta con la esperanza de encontrar aún con vida a sus esposos, pero no, nada pudieron hacer, la muerte había llegado como “lumbre del cielo”. Ya después vendría el éxodo.  

Después de la matanza, los pocos sobrevivientes abandonaron el pueblo.

Nota: Este trabajo periodístico se publicó originalmente en la Revista Cambio XXI que dirigía el periodista Óscar Rivera y en el periódico El Debate de Culiacán, en febrero del 2001.

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