“Chino”, el tatuador.

A su “consultorio” le caen desde políticos, funcionarios, empresarios, doñas fifi, policías… y hasta uno que otro “malandrín”. A todos ha dejado marcados para siempre.

Por sus manos han pasado los cuerpos de políticos, funcionarios, artistas, empresarios, mujeres de la clase “fifi”, policías y hasta uno que otro “malandrín”; y a todos ellos ha dejado marcados de por vida.

En esos “lienzos” ha grabado desde imágenes orientales, árabes, prehispánicas, corazones, nombres de esposas, novias, amantes, calaveras, santos, ángeles y demonios… hasta pokemones y códigos de barra.

Nació en Culiacán. Se llama Marco. Lo conocen como “Chino, el tatuador” y desde hace 19 años se dedica a “rayar” cuerpos.

Todo empezó como un juego: a los 13 años “robaba” la maquinita a su tío y así se fue metiendo en este “arte”. “Yo miraba a mi tío todo ‘rayado’ y me alucinaba. Le decía: tío, cuando yo crezca, voy a rayarme así como usted”. Y así lo hizo.

El Chino tiene tatuado en la espalda el rostro de sus hijos, junto a la Virgen de Guadalupe y una pareja Azteca. Sobre su abdomen cruza la palabra Culichi y rostros de mujeres inundan sus brazos. Pero el tatuaje que más aprecia son las X que lleva en la cabeza y que indica el barrio de San Diego donde vivió su adolescencia y juventud.

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El origen del tatuador.

Marco vivió su niñez en Culiacán y fue en primaria cuando deslumbró a su maestra por los trazos tan definidos que hacía de letras manuscritas.

Ya en segundo de primaria, uno de sus tíos le enseñó a dibujar y fue tanta su aptitud que empezó a ilustrar el periódico mural.

“Cuando veían mis dibujos de Miguel Hidalgo y Benito Juárez, los maestros se deslumbraban y el director decía: ¡Ah cabrón!, este chavo tiene talento”.

En busca de un mejor destino, El Chino y su familia emigró a los barrios de San Diego, en EU.

Allí el pequeño Marco se deslumbró por los tatuajes que tenía otro de sus tíos, quien lo inició en el “arte” de “rayar” y que lo ha llevado a ganar varios premios en festivales.

Los primeros trazos

El Chino cuenta que su tío le enseñó a sombrear y poco a poco fue mejorando: primero letras y después dibujos.

A los 14 años se hizo su primer tatuaje: el número del barrio en que vivía en San Diego, el barrio donde convivió con la banda chicana. Allí tatuó a latinos, a blancos y hasta negros, a los cuales solo se les veía las líneas de los dibujos porque resaltaban.

Después de 17 años, Marco regresó a Culiacán y siguió con el tatuaje.

“Desde que empecé a tatuarme me gusto y dije: esto es lo mío. Cuando empecé a trabajar, cobraba muy poco, los clientes me daban lo que querían y mi padre me decía que cobrara bien porque mi trabajo era muy bueno, muy artístico”.

“El Chino” trabajó para otros negocios y desde hace un año se independizó y abrió su propio negocio sobre el bulevar Francisco I. Madero, en el centro.

Poco a poco se ha ido haciendo de clientes, incluso de otros estados y países, quienes unos a otros se han recomendado al “Chino Tattoo”.

“Puedo hacer cualquier tatuaje. Desde chicas fresitas, rostros, figuras prehispánicas, japonesas, árabes… Los más raros son las figuras de juego de atari, pokemones. El más difícil ha sido el código de barras”.

Marco asegura que la sociedad se ha ido abriendo a la “cultura” del tatuaje, pero todavía hay gente que discrimina a los tatuados.

“El tatuaje viene de la cultura del oriente, también los mayas se tatuaban, se hacían perforaciones, es una cultura que siempre ha existido, pero mucha gente mira al tatuado como si fuera un vago, un drogadicto. Cuando voy por la calle me doy cuenta que los automovilistas ponen seguro a sus carros porque creen que uno es delincuente.”

Mujeres, las más tatuadas

Al negocio del “Chino, Tattoo” le cae todo tipo de clientes. Desde funcionarios, políticos, empresarios, doñas “fifi”, policías y hasta uno que otro “malandrín”.

Pero a las manos del “Chino” llegan sobre todo mujeres.

“Las mujeres están más abiertas a la cultura del tatuaje. Hay semanas en que puras mujeres vienen, y son más machas que los hombres. Los hombres se quejan y se mueven mucho. Hace unas semanas me llegaron puras empresarias de La Primavera y pidieron tatuajes en las piernas  y en la ingle”.

El “Chino” recomienda a la gente pensar muy bien antes de hacerse un tatuaje ya que este es para siempre, y aun cuando se puede borrar con láser, queda una cicatriz. También recomienda verificar que el tatuador cuente con los permisos de salud y todas las normas de higiene.

Dice que para hacer un tatuaje se lleva de una hora, hasta algunos días y que puede cobrar de 500 hasta 10 mil pesos, dependiendo el dibujo.

— ¿Qué tan doloroso es hacerse un tatuaje?

— No es dolor sino ardor leve lo que se siente, como si te picaran unas 40 o 50 hormiguitas, pero depende sobre todo de la mano del tatuador.

— ¿Qué tatuajes prefieren los políticos y funcionarios?

— Piden al Che Guevara, Ángel de la Guarda, frases, letras árabes. Aquí han caído de todo, desde policías, funcionarios y políticos, hasta allegados y compadres de gobernadores.

— ¿Y la “malandrinada” que tipo de tatuajes pide?

La mayoría son cráneos, santa muerte, San Judas en diferentes estilos; cuando lo piden con el bastón al revés, es que ya les cumplió una manda. Pero con esa gente, ni pregunto nada. Yo hago mi trabajo lo mejor posible, pero eso sí, son los que mejor pagan.

Melverde y las hojas de mota ya pasaron de moda.

El “Chino” no lleva la cuenta de a cuántas personas ha “rayado” en su vida, pero asegura que para él, tatuar es un arte porque está plasmando una creación que será única en el cuerpo de una persona.

“Hay muchas personas que tatué que ya ‘se fueron’, pero eso si te digo que voy a dejar plasmado algo de mi vida, de lo mío, en la piel de otra persona. Voy a dejar huella.”

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